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Nuevos detalles de Neuralink ¿Revolución o vendehumos?

Elon Musk y su equipo ponen a prueba su Link V0.9 en animales

Elon Musk y su equipo mostraron durante el día de ayer los avances del chip Neuralink, cuyo objetivo es crear una conexión entre el cerebro y el ordenador. Es decir, traduciría las señales eléctricas de las neuronas con el lenguaje binario que usa la informática actual. De desarrollarse, esto podría traducirse en llevar las tecnologías inmersivas más lejos que nunca, pudiendo disfrutar de la realidad virtual o la realidad aumentada lanzada directamente a nuestro cerebro. Los avances se mostraron monitorizando la actividad cerebral de tres cerdos en tiempo real, pudiendo observar los cambios en las señales cuando los animales realizaban alguna tarea.

Entre los nuevos detalles se anunció una nueva versión más reducida del dispositivo, lo que limitaría su implante a una perforación en el cráneo del tamaño de una moneda. Link V0.9 se implantaría en la corteza craneal y se uniría al cerebro mediante pequeños cables flexibles. Se habla de una operación rápida y sencilla llevada a cabo por un robot especializado creado por la misma compañía. El coste de todo el proceso continúa siendo una incógnita. Hay que tener en cuenta que los sistemas tradicionales de medición de actividad cerebral suelen contar con un máximo de 256 electrodos, aunque lo normal suelen ser 64. Neuralink cuenta con nada menos que 1024.

Neuralink

Este nuevo dispositivo, de tamaño más reducido y discreto, tiene funciones menos ambiciosas que su predecesor. En lugar de crear una comunicación de grandes cantidades de información (música, acceso a internet, AR…), este nuevo modelo tan sólo monitorizará la actividad cerebral para favorecer el trabajo de los neurólogos. Tendrá una batería de un día de capacidad y se cargará inalámbricamente por las noches. También contará con Bluetooth Low Energy con un alcance de 5 a 10 metros. Actualmente se encuentran aumentando la seguridad del dispositivo para sólo permitir accesos deseados y garantizar la privacidad del sistema.

Pese al paso atrás en la tecnología, el magnate asegura que en el futuro podremos descargar nuestros datos cerebrales al cuerpo de un robot, transmitir nuestros recuerdos, almacenarlos, restaurarlos… También se contempla la idea de eliminar patologías como el insomnio, la pérdida de memoria, la ceguera, la parálisis o incluso la depresión o la ansiedad. Aunque no hay fecha concreta, aseguran que los experimentos en humanos no tardarán, dada la aprobación por parte de la FDA estadounidense.

Son estas promesas las que me hacen torcer el morro al leer cualquier declaración de Elon Musk. No faltaron palabras sobre posthumanismo y el futuro plasmado en series como Black Mirror. Para muchos, se ha depositado el futuro de la humanidad en este hombre en lugar de en la comunidad científica que lleva años tratando con esta misma tecnología. Mientras su equipo hablaba de pequeños avances, Musk lanzaba titulares sci-fi uno tras otro.

Neuralink

Esta tecnología lleva años siendo estudiada por científicos de todo el mundo, con pruebas con éxito en humanos. Por ejemplo, una mujer paralizada fue capaz de mover un brazo robótico con el pensamiento en nada menos que 2012. Igual no lo sabías porque no tuvo la misma repercusión.  Hacer lo que se proponen no es tan sencillo. Si lo fuera, ya se habría avanzado mucho más desde ese 2012. Por no hablar del gigantesco trecho entre el uso en animales y en humanos. A pesar del obvio interés de la tecnología detrás de Neuralink, el sistema de Musk no ha sido evaluado por ninguna comunidad científica, no ha sido revisado ni repetido en otros centros… En definitiva, hasta ahora no hay suficientes evidencias de que sus promesas se puedan cumplir.

Estamos hablando de un auténtico quebradero de cabeza para los neurólogos. Actualmente conocemos dónde se almacenan ciertos tipos de información en el cerebro y podemos revisar la actividad cerebral para conocer las zonas que se activan en cada momento. Sin embargo, no somos capaces de conocer el proceso de transmisión de comunicación con exactitud. Sabemos el dónde, pero no el cómo. Por lo tanto, decodificar esos impulsos y traducirlos a imágenes o recuerdos es, a día de hoy, utópico como poco.

El prototipo de Musk puede detectar esas zonas de actividad que comentamos, pero es algo que un electroencefalograma puede hacer, y también en tiempo real. No obstante, lo interesante de Neuralink es poder hacerlo sin la intromisión del cráneo, que siempre provoca pérdidas de información o inexactitudes. Aunque ya se pueden hacer estas intervenciones directamente en la corteza cerebral (electrocordicograma), los efectos secundarios suelen ser elevados, provocados principalmente por una inflamación en el cerebro, que suele tener efectos inesperados.

Neuralink

Hablamos además de los conflictos morales y filosóficos detrás de dichas promesas ¿Qué me importa machacar a las personas con un sistema que les explota si podemos desactivar su depresión y su malestar con un botón? A mí, por lo menos, me da pavor. Además del hecho de que dar esperanza a personas con problemas de salud sin saber si podrás cumplir es especialmente grave. Mucha gente da por supuesto que Musk podrá llegar a Marte mientras la comunidad científica lleva devanándose los sesos durante décadas para poder llevarlo a cabo. Y de nuevo, gracias al brutal marketing.

Llevando la tecnología al tema que nos interesa, las tecnologías inmersivas, me da ese mismo pavor saber que la transmisión de información no es unilateral. Teniendo como ciertos los sueños de Musk, la información podría no sólo salir del cerebro para ser interpretado por una máquina, sino que la máquina podría introducir información para que sea interpretada por nuestro cerebro. Me permito ponerme sci-fi yo también… ¿Cómo podríamos discernir entre realidad y ficción? ¿Podríamos interpretar realidades ficticias como nuestras? ¿Recibiríamos daño al ser dañados en VR? ¿Qué pasaría cuando nuestro cerebro interprete que hemos muerto? ¿Mandaría órdenes en consonancia a nuestros órganos? Teniendo en cuenta que el cerebro es el centro neurálgico de nuestra existencia, veo arriesgado ceder su uso a otro ente, sea el que sea.

No niego los conocimientos del magnate y el éxito de empresas como Paypal o Tesla. Es un hombre llamativo, inteligente y con ideas interesantes. Pero sí quiero poner sobre la mesa su gusto por vender humo. Por supuesto, es un empresario, y es la manera que conoce de vender sus productos. No obstante, la cosa cambia cuando el producto supone una supuesta «revolución» en el desarrollo humano. Se ha apropiado de la frontera de la tecnología humana y dos de los mayores retos que tenemos como especie: el viaje espacial y la unión humano-máquina.

De hecho, su carrera se basa en vender su propia imagen de hombre hecho a sí mismo y de emprendedor triunfante, además de icono de la cultura meme con su gusto por el anime y algún momento políticamente incorrecto. Un auténtico producto del liberalismo. Obviando, por supuesto, los privilegios que obtuvo desde niño en la Sudáfrica del Apartheid. Aún con esas, su carisma y sus promesas le han llevado a ser encumbrado como uno de los mayores promotores del avance humano, dejando de lado los avances científicos perpetrados hasta ahora por grupos de profesionales que no tienen el mismo interés para los seguidores de Musk (que por cierto, saltan al cuello de cualquier detractor).

No me entendáis mal, ojalá Musk desarrolle una tecnología que permita a personas con patologías poder superarlas y mejorar su calidad de vida. Ojalá podamos viajar a Marte. Ojalá podamos montar en un tren que va a 1.000 Km/h. Ojalá, de verdad, pero por el momento prefiero depositar el futuro de la humanidad en la comunidad científica y en sus reglas. Menos emocionantes y más lentas, claro, pero con la seguridad de que son hechos tangibles, y no simple humo. Y por favor, dadles a estos profesionales el crédito y la remuneración que merecen.

Por mi parte, soy más feliz con mis visor de VR, que será todo lo arcaico que queráis pero me lo puedo quitar cuando me asustan en Resident Evil. O apartar la pantalla del móvil para dejar de ver Pokémon en mi calle. Prefiero saber qué es real y qué no, y que en mi cerebro entre lo que yo decida. Aunque filosóficamente hablando, tampoco tengo pruebas de que no viva (o vivamos todos) en una simulación, pero eso ya es un tema para otro día.

¿Qué opináis vosotros? ¿Probaríais la VR directamente en el cerebro? Dejadnos vuestra opinión en la caja de comentarios.

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